Las películas tienen su drama y acción, sin eso sería aburrida y las emociones de los acostumbrados a vivir en esa condición, se desvanecerían en cuestión de horas. De allí que en oportunidades es necesaria alargarla un poco más, y si es para ir en pos del poder, no importa lo que se destruya, ejemplo de ello: “por estas calles”.
Juegos de tronos alcanzo éxito porque el suspenso y la
acción atraían. Se cerraban y abrían nuevos episodios con agregados
revanchistas, eso encantaba a la audiencia. De esa forma se sacaban ciertos
actores de la serie, ya no eran importantes. La magia de la atracción estaba en
otro lado. Incluso, los Dragones que tenían papel preponderante, fueron
eliminados uno a uno, hasta quedar uno solo, el fin de la especie. Allí una
joven dentro del contexto de la dinastía familiar, dio muerte al amo de la
muerte y con ello reivindicó a los vivos. La joven ambiciosa por el poder de
una sola persona, terminó falleciendo en manos de su ser amado (miembro de la
realeza-heredero por sucesión), terminó a su vez desterrado por su medio
hermano, para evitar el castigo por asesino. Simplemente le dieron otro trono,
tal vez el que tenían antes los muertos.
En reunión de pocos, decidieron quienes gobernarían a
muchos. La distribución equitativa del poder entre la dinastía familiar no se
hizo esperar. Todos fueron monarcas. El enano, el gran armador de la
estrategia, no dejo de ser borracho, mujeriego, inteligente, sagaz, y hermano
de buen corazón, y con poder (quizás el verdadero Rey detrás del trono). La
polarización allí era la reina. Los apellidos se imponían. El melodrama se
mantenía, era necesaria y efectiva. Todos apostaban a lo mismo. Seguir siendo
dueños de lo que nadie más podía ser: la voluntad de los súbditos.
En la nueva era, la avalancha de opiniones en torno a los
resultados de las elecciones presidenciales de los Estados Unidos se ha
exhibido a lo largo y ancho del planeta como la fase de inicio de la nueva era
del hombre americano. No era para menos. Los ciudadanos de ese país considerado
el más poderoso del mundo en lo político, económico y militar, escogía al nuevo
manda más entre todos. La alienación de los extranjeros se hacía presente,
evidente, consecuente y altisonante. Demócratas vs Republicanos acordaron una
vez más, profundizar la polarización. El juego había iniciado y es cerrado.
Solos los paridos en esos partidos y que gocen de la voluntad de la cúpula
tienen el derecho de gobernar. Los demás deben sumarse o morir en el intento.
El juego lo concentraron entre capitalismo y comunismo. No se sabe realmente
cual ideología gano. Esa es la película, y allí su drama y acción.
Los venezolanos divididos en opiniones mezquinas suman
inconscientemente a favor del autoritarismo. Se reclama por la libertad y
terminan anclados en la zozobra que genera la polarización política. Aquí la
película sigue en blanco y negro, con pequeños agregados al drama y sin acción.
Se direcciona con base a las apetencias particulares y se estigmatiza, al
contrario, buscando liquidarlo políticamente, para evitar la disidencia (enano
detrás del trono). Se fortalece al ser retrógrado, al que llaman el hombre
nuevo (así imponen su dinastía). Al final para continuar con la insensatez,
llamarán a esperar por las decisiones del nuevo monarca norteamericano. Termina
así la película Donald Trump, e inicia la de Joe Biden.

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