Durante el triduo pascual hemos celebrado los misterios centrales de nuestra fe. Ellos fortalecen nuestra vida cristiana que, durante la cuaresma hemos tratado de alimentar con la Palabra, la Oración, el ayuno y la caridad. Ahora, con el inicio de la Pascua, reafirmamos la respuesta positiva a la llamada que Dios nos ha hecho, al convertirnos en sus hijos, de ser testigos del Resucitado. Durante la hermosa Vigilia Pascual hemos renovado las promesas del Bautismo con las cuales nos mantenemos en el compromiso de imitar a Jesús, el Resucitado y así actuar en su nombre.
Como nos enseña Pablo, para poder hacer esto nos hemos de
mantener en el camino de la novedad de vida. Con la Resurrección de Jesús se ha
introducido lo “nuevo” en la historia de la humanidad. Es decir, la salvación
se ha hecho presente con un poder transformador de tal modo que ahora podemos
hablar de una “nueva creación” y darnos a conocer como “hombres nuevos, mujeres
nuevas” partícipes de la liberación de Cristo.
¿Cómo hacer esto realidad? No sólo tomando conciencia, sino
ante todo actuando como “testigos del Resucitado”. No se trata sólo de hablar
de ese hecho maravilloso, sino de hacerlo mediante nuestra propia actuación.
Por el bautismo y con la confirmación adquirimos la gracia que nos cambia
internamente y, al hacernos hijos de Dios Padre y Templos de su Espíritu,
llegamos a ser discípulos de Jesús. Ser discípulos significa identificarnos de
tal modo con Él, que al actuar y mostrar lo que somos y hacemos, estamos dando
a conocer a Jesús, con su Palabra de vida eterna y su misterio pascual de
liberación.
El jueves santo recibimos el mandato que nos permite, al
cumplirlo, hacer eficaz nuestro testimonio: el mandamiento del amor fraterno.
Es el único modo de demostrar que creemos y actuamos en el nombre del Señor. No
se trata de un amor lleno de puros sentimentalismos, sino de una expresión
sacramental de la presencia de Dios en medio de nosotros. De allí la base para
que el cumplimiento de ese mandamiento sea eficaz con la eficacia de Dios. El
nos lo dijo: “Como Yo les he amado”.
A partir de la Pascua de aquel momento y de la pascua
personal iniciada en el bautismo, el testimonio de vida que habla del
Resucitado se convirtió en la expresión integral y externa de nuestra identificación
con Jesús, el Resucitado. Ya Pablo, en 1 Corintios 15 donde habla de la
Resurrección del Señor, nos indicó cómo se realiza la transformación interna
que nos hace ser testigos: “Por Él, yo soy lo que soy”. Esto se complementa con
lo que en Filipenses nos enseña, al decirnos que para él (por tanto, para
nosotros) el vivir es Cristo. Así, podemos concluir con el Apóstol “no soy yo
quien vive es Cristo quien vive en mí”. Si eso es así, como ciertamente lo es,
entonces todo nuestro ser y todo vuestro quehacer es mostrar el rostro
esplendoroso de Cristo Resucitado.
La fuerza de ese testimonio tiene características
sacramentales, ya que produce un efecto salvífico. Nos lo recuerda el libro de
los Hechos de los Apóstoles: tan decisivo y entusiasta era el testimonio de
vida de los hermanos de la primera comunidad cristiana, que iba aumentando el
número de los que querían salvarse. El cristianismo se trasmite y crece no por
acciones proselitistas, sino por el testimonio. La evangelización que busca
hacer nuevos discípulos que opten por Cristo requiere de cada miembro de la
Iglesia ese testimonio.
En el mundo de hoy, ya nos lo decían Pablo VI y Juan Pablo
II, la gente le hace más caso a los testigos que a los maestros. Eso sí, si el
maestro es testigo podrá dar más frutos. En nuestro país, en medio de la crisis
que nos golpea, los católicos estamos llamados a ser decididos testigos del
Liberador, el Resucitado. Esto nos llevará a actuar en su nombre y hacer
realidad la fuerza transformadora del evangelio y no cesar en la tarea de
construir el reino de Dios. El testigo recuerda también que es “hijo de la
luz”. Y hoy es muy necesario y urgente hacer brillar esa luz para acabar con
tantas oscuridades producidas por el maligno y manifestadas en opresión, corrupción,
menosprecio de la dignidad humana…
Aún en medio de la pandemia que también nos acosa,
reafirmando nuestra fidelidad en comunión con Dios y los hermanos, el
testimonio se hace patente en la solidaridad, en el cumplimiento de las normas
de bioseguridad, en el acompañamiento a los más necesitados y en el anuncio de
la nueva creación. Todo ello, nos corresponde hacerlo con la gracia que el
Resucitado nos da para que también se haga sentir “los cielos nuevos y la
tierra nueva” en nuestro país y en el mundo.
Cantamos hoy ALELUYA, EL SEÑOR HA RESUCITADO. Pero sin
quedarnos en esa exclamación de manera momentánea. Toda nuestra existencia, con
lo que somos y tenemos, ha de ser un testimonio tan cierto y fuerte que aliente
a todos los que lo reciban a cantar también ALELUYA DE VERDAD EL SEÑOR HA RESUCITADO
Y NOSOTROS CREEMOS EN EL. AMÉN.
+MARIO MORONTA R., OBISPO DE SAN CRISTOBAL.


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